10 de febrero de 2010

¿A qué se le llama adicción?



La mujer era una droga.
Y como cualquier droga,
sólo tiene valor por su carácter de prohibido.
Es un objeto codiciado en el mercado del clandestinaje,
pero fuera es una hierba tan banal como el zacate,
un polvo tan molesto como el talco.
Mercancía ilegal y no más que eso.

12 de enero de 2010

Polémicas personales

Publicado originalmente en www.lesmexico.org

Ayer como todos los días tomé el diario para revisar qué tal nos había tratado la prensa, pues esa es una de mis funciones en el trabajo. Por ser un diario descaradamente tendencioso y al servicio del gobierno estatal, no suelo prestarle mayor atención a las notas que se publican en el Tribuna; sin embargo y desafortunadamente, se sabe que aquel periódico es el más leído en esta entidad. Así pues, pasé las páginas como es costumbre y al llegar a la sección editorial me fijé en el siguiente cartón:

Me causó mucha extrañez que un medio de comunicación se atreviera a publicar una caricatura de ese tipo, pues aunque cualquier medio tiende a deslindarse de los comentarios de sus editorialistas, es una apuesta muy arriesgada sugerir una postura en un tema tan delicado. Me remite un tanto al caso Esteban Arce, pues si bien cualquiera de nosotros cuenta con la libertad de expresar sus preceptos ideológicos cuando le venga en gana, también es cierto que si lo que uno dice o escribe va a llegar a manos de cientos de personas, hay que actuar con mucha responsabilidad. Ese es el meollo: permitir que una caricatura de ese tipo circule en todo el estado justo cuando el debate se encuentra en su paroxismo, es convertirse en mensajero de la desinformación, olvidando el compromiso de imparcialidad que cualquier medio masivo debería tener presente como parte de su ética profesional.

Por otro lado, aunque hay que reconocer el valor del monero al firmar con su nombre, también me hace ruido la semiótica de su obra, que desnuda con ingenuidad los prejuicios de la sociedad heterosexual: ¿Pensará Jorge Pozos Santos que únicamente los homosexuales lo hacen de perrito? No es ninguna novedad: Esas y otras cegueras hacen que el respeto a los derechos de los homosexuales se tambalee continuamente. Y bueno, a este punto es a donde he querido llegar: Con la aprobación de la unión entre parejas del mismo sexo se gana el reconocimiento legal, pero no nos engañemos, para obtener el reconocimiento de la sociedad todavía falta mucho.

Pensar que el Opus Dei es el causante exclusivo de esta ideología, el generador de esta repentina avalancha de homofobia, también es un argumento simplista. Que el encono se haya dado a partir de esos dos polos - el religioso y el progresista –, no nos exime tampoco de nuestras responsabilidades – Porque aquí todos somos responsables de algo -. Para dejarlo más claro, Jorge Pozos Santos piensa que sólo los homosexuales cogen de perrito, mi tía piensa que todos los gays son unas locas escandalosas, mi amigo J. asegura que la comunidad homosexual no es capaz de ir más allá de la promiscuidad y el mecánico del taller junto a mi casa le grita “puto” a su chalán para denostarlo. Y duele reconocer que esas aseveraciones son tan ciertas como falsas, porque a final de cuentas, ¿cuáles son sus referencias sobre la comunidad LBGT? No podrían pensar de otra forma, pues sus conocimientos acerca de los homosexuales se limitan a la golpiza de fabiruchis, a los travestidos del carnaval, a los gays que todos tenemos como vecinos y que le chiflan a tu hermano para ocultarse después. ¿Dónde están todos aquellos homosexuales y lesbianas de los que cualquier padre se sentiría orgulloso? En el closet, ese sitio cómodo que muchas y muchos conocemos bien. El respeto hacia las preferencias sexuales de los demás nunca provendrá de un libro de texto o de un mensaje oficial del presidente en turno, sino que en algún momento tendremos que dar la cara y decir: “Yo, tu hija a quien tanto quieres, tu compañera de trabajo a quien tanto admiras, tu amiga en quien tanto confías, soy lesbiana”. La percepción será distinta y el argumento más fuerte si se plantea el silogismo: “Jorge, amigo, tía, compañero, si piensas que todos los homosexuales son unas locas escandalosas y promiscuas que se la pasan cogiendo de perrito, entonces también piensas eso de mí?”. Adicional al respeto, hay que enseñarlos a razonar.

Por otro parte, aprovecho la oportunidad para diferir un poco de las opiniones que han sido vertidas en los últimos días. Sé que el reconocimiento legal al matrimonio entre personas de un mismo sexo es un avance para los derechos humanos en general, pero me parece que las convenciones legales que tanto celebramos enmarcan un entorno distinto al nuestro. Me caga sobremanera escuchar el absurdo debate que se ha generado y que nos pone en el ojo del huracán como si fuésemos criaturas exóticas. Como una opinión muy personal, creo que hay que ubicar los logros en su justa dimensión: ¿Por qué deberíamos celebrar que la sociedad heterosexual nos done una institución tan deteriorada como lo es el matrimonio? Es un error pensar que matrimonio es sinónimo de unión y creo que los homosexuales tenemos que trascender otros factores que no tienen nada que ver con nuestro estatus legal. Nuestro mayor triunfo había sido demostrar que podíamos crear relaciones sólidas sin papeles de por medio y que alcanzábamos verdaderas fusiones – en su sentido más literal - entre personas que se aman. Me pregunto cuántos heterosexuales nos habrían envidiado silenciosamente por no tener que dar ese paso lógico y mecánico: por no seguir el guión establecido. Ahora mismo, me caga ver que nos apaleen ideológicamente pensando que nuestra única meta en la vida es casarnos, tal como ellos: “Pobrecitos gays, anhelan el matrimonio como un niño un playstation”. Mi respeto y admiración a las que han luchado por la causa y consideran el matrimonio como una opción, pero es un derecho que no pienso usar nunca y mis queridos conservadores, su “sagrado matrimonio” se lo pueden ir metiendo por el culo.

4 de enero de 2010

El principio del placer II

La razón para que no haya olvidado su nombre es quizá su semejanza fonética al mío. Mároli asistió un año a la primaria a la cual yo iba. El quinto para ser exacta y dar una idea de qué edad teníamos, aunque he de pensar que en ella, la edad era sólo un dato secundario que contradecía la versión mostrada por su cuerpo. Mároli tenía piernas de atleta trinitaria y sus tetas auguraban un buen desempeño en el futuro – es un ejercicio de memoria, no es que en ese entonces estuviera pendiente de eso -. Bajo este marco, Mároli fue la novedad en aquel año de escuela, y los niños, incipientes en las artes amatorias, la hicieron blanco de sus torpes cortejos. A mí también me gustaba: Llevaba con ella una sonrisa pícara y vivía en un vagón de tren que se había estacionado frente a mi casa. Era una especie de gitana y yo, que ahora me confieso adicta a las mujeres-personaje, me mostré interesada en su vida nómada. Tocó que quisieran emparejarla con un niño de mi salón o que más bien él quisiera emparejarse a ella y que el resto le hiciera comparsa. No recuerdo el motivo, pero terminé convirtiéndome en mensajera de sus esfuerzos, llevando a Mároli saludos y propuestas del chaval, aprovechando los encargos para acomodarme tantito más cerca de ella y hacerme su amiga. Ayudaba mucho que yo estudiara con otra niña vagonera, amiga suya que sin duda fungió como un engrane para nuestra amistad. Pasaron los días y mis avances eran evidentes: Mi recreo era absolutamente suyo. Apenas sonaba el timbre y la observaba venir con su larga falda a cuadros para ir a desayunar. Claro que la invitación no era exclusivamente para mí e incluía a un grupo de niñas que volvían más ameno ese lapso. Para ese entonces Marolí, la vagonera y yo nos regresábamos juntas a casa y había un punto, como dos cuadras antes de la mía, en que ellas acortaban camino alejándose de mí. Hubo un día, un gran día, en el que yendo a casa y yo jodiéndola a todo lo que daba – fomentando esa añeja tradición de molestar a las chicas que a uno le gustan -, llegamos a la intersección que finalizaba su acompañamiento. Cuando la vagonera dio la vuelta habitual hacia otra calle, Mároli dijo: “Luego te alcanzo, voy a acompañar a la flaca”. Nunca olvidaré el tono de esa inocente frase.

La mejor opinión

Respecto a la nota "PRD pide a la Iglesia detener ataques", la cual retoma la efervescente discusión entre el clero y legisladores del sol azteca respecto a la legalización de las uniones homosexuales, esto es lo que escribió el usuario PMordax en un foro de El Universal:

"Soy norteño por accidente. Pero cualquier injusticia que sea cometida en cualquier parte del mundo debo sentirla como propia. Y me parece una total injusticia que a personas --sean de las preferencias que sean-- se les impida convencerse por sí mismos de que el matrimonio ya es obsoleto."

Yo, que no he hecho más que lamentarme en estos días tan vanguardistas, tan de izquierda, estoy un millón de veces de acuerdo con él.

24 de diciembre de 2009

La Marcha Nupcial

La comunidad LGBT mexicana cierra el año con broche de oro: La asamblea legislativa en el DF ha aprobado las uniones entre personas de un mismo sexo. Y sólo se me va un suspiro mientras pienso “Qué necesidad”. Ahora cualquier mujercita se va a sentir con derecho de ponerme un anillo en el dedo. Las adorables lesbianas, que en el mejor ejemplo de amor al prójimo nos endulzaban la vida sin pedir nada a cambio, se convertirán en unas fieras obsesionadas con el matrimonio. Una vez más, la sociedad heterosexual nos obsequia una de sus peores creaciones y con la súbita tristeza alumbrando mi alma, no me queda más remedio que brindar por ello.

1 de diciembre de 2009

Fetiche del mes: Mulholland Drive

Una tomadura de pelo: Así es como describen algunos cinéfilos esta cinta de Lynch. No es casual, desde Eraserhead el director se ha caracterizado por hacer películas sumamente complejas, que muestran realidades distorsionadas explotando los elementos surrealistas que las componen. Para la edición en DVD de Mulholland Drive, incluso tuvo que agregar una guía con diez preguntas para entender el filme: Tan así está la cosa.

¿Y por qué razón este retorcido filme ocupa el sitio del fetiche del mes en este blog lésbico? Pues porque más allá de las suculentas interpretaciones que se puedan generar en torno a él, David Lynch toma como pretexto una relación entre dos mujeres - finamente delineada y apenas evidente en un par de escenas – para exhibir el lado más oscuro de Hollywood. Las encargadas de hacer proezas bajo las sábanas son Naomi Watts y Laura Elena Harring, así que al menos les garantizo el banquete visual.

La cinta se encuentra dividida en dos partes. En la primera Rita (Laura Elena) sufre un accidente y bajando la colina se refugia en una casa que resulta ser el nuevo albergue de Betty (Naomi). Rita no recuerda ni su nombre y acompañada de Betty inicia una pesquisa para descubrir quién es y qué le ha pasado. La noche que les toca compartir cama no les queda más remedio que pegarse un revolcón de los buenos. Tras un par de sucesos más, viene la segunda parte en la que Betty ya no es Betty sino Diane Selwyn, y Rita ya no es Rita sino Camila Rhodes. Aparecen de nueva cuenta emparejadas, pero en una relación bastante turbia e incluso trágica y todo esto hace pensar que el bloque anterior fue tan sólo una catarsis onírica de una Diane muerta de celos porque su chica le ha dejado por un director de cine.
Ojo, lo que estoy narrando sólo la parte superficial y mi sinopsis se queda muy corta ante la riqueza intelectual de esta obra. Sobre, bajo, delante, en medio, detrás y a un costado del drama lésbico, se encuentran multitud de símbolos de los que no hay que perder detalle, pues dan forma a una de las películas emblemáticas del surrealismo contemporáneo.

23 de noviembre de 2009

El principio del placer

No recuerdo exactamente cuándo comenzaron a gustarme las chicas. Pero es muy probable que me haya sucedido lo que le sucede a casi todos los seres humanos, sin importar que algo les cuelgue o no: Una pequeña llamita que comienza a prender desde la infancia, sea con la firme intervención de la vecina de seis años o con las bostezantes enseñanzas de la maestra de primaria.

Y supongo que así se van los primeros años de nuestras vidas, echando más carbón al fuego para convertir esa flama en un incendio adrede, intercalándolo de vez en vez con cubetadas de agua para no sufrir lesiones graves.

El milagro ocurre cuando el extinguidor llega vestido en jeans y blusa de tirantes, roja, eso sí, como debiera ser un buen extinguidor. Pero antes de esto, ya nos habremos pegado algunas quemaduras en tercer grado.

Ésta es la historia de cómo acabé siendo una pirómana.