No recuerdo exactamente cuándo comenzaron a gustarme las chicas. Pero es muy probable que me haya sucedido lo que le sucede a casi todos los seres humanos, sin importar que algo les cuelgue o no: Una pequeña llamita que comienza a prender desde la infancia, sea con la firme intervención de la vecina de seis años o con las bostezantes enseñanzas de la maestra de primaria.
Y supongo que así se van los primeros años de nuestras vidas, echando más carbón al fuego para convertir esa flama en un incendio adrede, intercalándolo de vez en vez con cubetadas de agua para no sufrir lesiones graves.
El milagro ocurre cuando el extinguidor llega vestido en jeans y blusa de tirantes, roja, eso sí, como debiera ser un buen extinguidor. Pero antes de esto, ya nos habremos pegado algunas quemaduras en tercer grado.
Ésta es la historia de cómo acabé siendo una pirómana.
