Ayer como todos los días tomé el diario para revisar qué tal nos había tratado la prensa, pues esa es una de mis funciones en el trabajo. Por ser un diario descaradamente tendencioso y al servicio del gobierno estatal, no suelo prestarle mayor atención a las notas que se publican en el Tribuna; sin embargo y desafortunadamente, se sabe que aquel periódico es el más leído en esta entidad. Así pues, pasé las páginas como es costumbre y al llegar a la sección editorial me fijé en el siguiente cartón:

Me causó mucha extrañez que un medio de comunicación se atreviera a publicar una caricatura de ese tipo, pues aunque cualquier medio tiende a deslindarse de los comentarios de sus editorialistas, es una apuesta muy arriesgada sugerir una postura en un tema tan delicado. Me remite un tanto al caso Esteban Arce, pues si bien cualquiera de nosotros cuenta con la libertad de expresar sus preceptos ideológicos cuando le venga en gana, también es cierto que si lo que uno dice o escribe va a llegar a manos de cientos de personas, hay que actuar con mucha responsabilidad. Ese es el meollo: permitir que una caricatura de ese tipo circule en todo el estado justo cuando el debate se encuentra en su paroxismo, es convertirse en mensajero de la desinformación, olvidando el compromiso de imparcialidad que cualquier medio masivo debería tener presente como parte de su ética profesional.
Por otro lado, aunque hay que reconocer el valor del monero al firmar con su nombre, también me hace ruido la semiótica de su obra, que desnuda con ingenuidad los prejuicios de la sociedad heterosexual: ¿Pensará Jorge Pozos Santos que únicamente los homosexuales lo hacen de perrito? No es ninguna novedad: Esas y otras cegueras hacen que el respeto a los derechos de los homosexuales se tambalee continuamente. Y bueno, a este punto es a donde he querido llegar: Con la aprobación de la unión entre parejas del mismo sexo se gana el reconocimiento legal, pero no nos engañemos, para obtener el reconocimiento de la sociedad todavía falta mucho.
Por otro lado, aunque hay que reconocer el valor del monero al firmar con su nombre, también me hace ruido la semiótica de su obra, que desnuda con ingenuidad los prejuicios de la sociedad heterosexual: ¿Pensará Jorge Pozos Santos que únicamente los homosexuales lo hacen de perrito? No es ninguna novedad: Esas y otras cegueras hacen que el respeto a los derechos de los homosexuales se tambalee continuamente. Y bueno, a este punto es a donde he querido llegar: Con la aprobación de la unión entre parejas del mismo sexo se gana el reconocimiento legal, pero no nos engañemos, para obtener el reconocimiento de la sociedad todavía falta mucho.
Pensar que el Opus Dei es el causante exclusivo de esta ideología, el generador de esta repentina avalancha de homofobia, también es un argumento simplista. Que el encono se haya dado a partir de esos dos polos - el religioso y el progresista –, no nos exime tampoco de nuestras responsabilidades – Porque aquí todos somos responsables de algo -. Para dejarlo más claro, Jorge Pozos Santos piensa que sólo los homosexuales cogen de perrito, mi tía piensa que todos los gays son unas locas escandalosas, mi amigo J. asegura que la comunidad homosexual no es capaz de ir más allá de la promiscuidad y el mecánico del taller junto a mi casa le grita “puto” a su chalán para denostarlo. Y duele reconocer que esas aseveraciones son tan ciertas como falsas, porque a final de cuentas, ¿cuáles son sus referencias sobre la comunidad LBGT? No podrían pensar de otra forma, pues sus conocimientos acerca de los homosexuales se limitan a la golpiza de fabiruchis, a los travestidos del carnaval, a los gays que todos tenemos como vecinos y que le chiflan a tu hermano para ocultarse después. ¿Dónde están todos aquellos homosexuales y lesbianas de los que cualquier padre se sentiría orgulloso? En el closet, ese sitio cómodo que muchas y muchos conocemos bien. El respeto hacia las preferencias sexuales de los demás nunca provendrá de un libro de texto o de un mensaje oficial del presidente en turno, sino que en algún momento tendremos que dar la cara y decir: “Yo, tu hija a quien tanto quieres, tu compañera de trabajo a quien tanto admiras, tu amiga en quien tanto confías, soy lesbiana”. La percepción será distinta y el argumento más fuerte si se plantea el silogismo: “Jorge, amigo, tía, compañero, si piensas que todos los homosexuales son unas locas escandalosas y promiscuas que se la pasan cogiendo de perrito, entonces también piensas eso de mí?”. Adicional al respeto, hay que enseñarlos a razonar.
Por otro parte, aprovecho la oportunidad para diferir un poco de las opiniones que han sido vertidas en los últimos días. Sé que el reconocimiento legal al matrimonio entre personas de un mismo sexo es un avance para los derechos humanos en general, pero me parece que las convenciones legales que tanto celebramos enmarcan un entorno distinto al nuestro. Me caga sobremanera escuchar el absurdo debate que se ha generado y que nos pone en el ojo del huracán como si fuésemos criaturas exóticas. Como una opinión muy personal, creo que hay que ubicar los logros en su justa dimensión: ¿Por qué deberíamos celebrar que la sociedad heterosexual nos done una institución tan deteriorada como lo es el matrimonio? Es un error pensar que matrimonio es sinónimo de unión y creo que los homosexuales tenemos que trascender otros factores que no tienen nada que ver con nuestro estatus legal. Nuestro mayor triunfo había sido demostrar que podíamos crear relaciones sólidas sin papeles de por medio y que alcanzábamos verdaderas fusiones – en su sentido más literal - entre personas que se aman. Me pregunto cuántos heterosexuales nos habrían envidiado silenciosamente por no tener que dar ese paso lógico y mecánico: por no seguir el guión establecido. Ahora mismo, me caga ver que nos apaleen ideológicamente pensando que nuestra única meta en la vida es casarnos, tal como ellos: “Pobrecitos gays, anhelan el matrimonio como un niño un playstation”. Mi respeto y admiración a las que han luchado por la causa y consideran el matrimonio como una opción, pero es un derecho que no pienso usar nunca y mis queridos conservadores, su “sagrado matrimonio” se lo pueden ir metiendo por el culo.

