4 de enero de 2010

El principio del placer II

La razón para que no haya olvidado su nombre es quizá su semejanza fonética al mío. Mároli asistió un año a la primaria a la cual yo iba. El quinto para ser exacta y dar una idea de qué edad teníamos, aunque he de pensar que en ella, la edad era sólo un dato secundario que contradecía la versión mostrada por su cuerpo. Mároli tenía piernas de atleta trinitaria y sus tetas auguraban un buen desempeño en el futuro – es un ejercicio de memoria, no es que en ese entonces estuviera pendiente de eso -. Bajo este marco, Mároli fue la novedad en aquel año de escuela, y los niños, incipientes en las artes amatorias, la hicieron blanco de sus torpes cortejos. A mí también me gustaba: Llevaba con ella una sonrisa pícara y vivía en un vagón de tren que se había estacionado frente a mi casa. Era una especie de gitana y yo, que ahora me confieso adicta a las mujeres-personaje, me mostré interesada en su vida nómada. Tocó que quisieran emparejarla con un niño de mi salón o que más bien él quisiera emparejarse a ella y que el resto le hiciera comparsa. No recuerdo el motivo, pero terminé convirtiéndome en mensajera de sus esfuerzos, llevando a Mároli saludos y propuestas del chaval, aprovechando los encargos para acomodarme tantito más cerca de ella y hacerme su amiga. Ayudaba mucho que yo estudiara con otra niña vagonera, amiga suya que sin duda fungió como un engrane para nuestra amistad. Pasaron los días y mis avances eran evidentes: Mi recreo era absolutamente suyo. Apenas sonaba el timbre y la observaba venir con su larga falda a cuadros para ir a desayunar. Claro que la invitación no era exclusivamente para mí e incluía a un grupo de niñas que volvían más ameno ese lapso. Para ese entonces Marolí, la vagonera y yo nos regresábamos juntas a casa y había un punto, como dos cuadras antes de la mía, en que ellas acortaban camino alejándose de mí. Hubo un día, un gran día, en el que yendo a casa y yo jodiéndola a todo lo que daba – fomentando esa añeja tradición de molestar a las chicas que a uno le gustan -, llegamos a la intersección que finalizaba su acompañamiento. Cuando la vagonera dio la vuelta habitual hacia otra calle, Mároli dijo: “Luego te alcanzo, voy a acompañar a la flaca”. Nunca olvidaré el tono de esa inocente frase.

1 comentario:

  1. Tus textos son un fetiche para mi, excitante nota.
    Me gusta que sea anónima, expresas esa faceta tuya tan escondida en tu otro papel de escritora seria y formal.
    Las ideas tal cual, las expresiones casi puerilmente vulgares.
    Te adoro super anónima.
    Es agradable despertar o mas bien no dormir leyéndote.
    Un abrazote!!!

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